desde una buhardilla.
Supongo que confesar que vuelas por encima de los tejados es cosa de brujas, del mismo modo que hablar de ellas te lleva a imaginar el esteriotipo de esos seres de sombreros picudos, narices ganchudas, alguna que otra verruga peluda en una barbilla afilada… y… ¡un gato!
Nada más alejado de la realidad.
Ella era…
Cuando el cielo se había apagado yo llegaba tan cansado como para sólo querer cerrar mis ojos y con ellos el día. No estaba en ni mejor momento, aunque con el tiempo me había acostumbrado a que el presente nunca fuera mi mejor momento. Así que lo único que pretendía al llegar a ese lugar llamado "mi casa" era poder dormir; parecía haberlo conseguido hasta aquel día.
Julio siempre ha sido, para mí, un mes difícil así que cuando se iluminó un agujero de luz recortando la oscuridad, también mi negro mundo, lo único que hice fue, además de maldecir mi suerte, encender el cigarro número infinito del día o el primero del número infinito del día siguiente. El foco de claridad se proyectaba con tal precisión que se deslizaba por encima de mi cama, partía mi cuerpo en dos y se iba a estrellar hasta aplastar las flores que empapelaban la pared. La luz provenía de la agobiante cercanía de la fachada de la casa de enfrente de la que emergía, en forma de buhardilla, una minúscula ventana.
Coloqué el cenicero encima de mi estómago, volví a maldecir mi suerte, el calor, julio, la luz y entonces la vi. Su silueta, recortada con la perfección de una sombra chinesca en el jardín de las descoloridas flores del papel de la pared.
Así, noche tras noche, me descubrí apurando el tiempo para llegar a él (al tiempo). Mientras fumaba el cigarro que cerraba o abría el día, autocastigado cara a la pared, pero como si un masoquista fuera disfrutando por anticipado del castigo porque aún sabiendo, conociendo todos, cada uno de sus movimientos conservaba la sorpresa, la ilusión de la primera vez.
Las personas somos animales de costumbres de tradiciones fijas, de sueños grandes sumergidos en historias pequeñas.
Ponía a hervir agua [para hacer sus pócimas secretas, algún conjuro, algún hechizo] siempre pasada la media noche.
Ahuecaba con sus dedos su pelo, quieta sobre el vapor del agua [hoy tendría el color, la textura de la chica que se había sentado a mi lado en el metro].
Después, sin dejar de moverse por la habitación se iba desnudando siguiendo el mismo orden. De cintura para abajo [Se despojaba de la falda de flores o el pantalón de cuadros de la mujer casi niña que me había servido ese brebaje parecido a un café en el bar en el que cada día hacía algo parecido a desayunar]. Volvía sobre sus pasos para añadir al agua las yerbas mágicas que extraía de unos tan transparentes como enormes frascos. Para después, muy despacito desabrocharse la blusa, la misma que esa tarde llevaba puesta la dependienta amable del estanco o se sacaba de un golpe la camiseta dos tallas menor de la vecina con la que me cruzaba los días impares porque los pares, por ajuste de horario de verano, entraba una hora antes y me la perdía. Por unas fracciones de unos minutos así, desnuda, se acercaba a retirar el resultado de su pócima, volcarla en una taza para desaparecer apagando la luz, mientras mis ojos aceptaban la frustración al mismo ritmo que las retinas se iban acostumbrando a la oscuridad hasta quedar presas de unas flores que un tiempo pretendieron serlo. Una noche más. Con ganas de más…
Durante un tiempo no quise saber su verdadera identidad, hoy no vivo mi mejor momento, el presente no es el mejor momento. Sólo sé que en ese mes difícil apuraba mis pasos para no perderme ni un segundo de esa puntual cita. Me bastaba su desinteresada compañía, su ventana, su luz abierta para mí.
Porque ella reunía todas las mujeres que pasaban a mi lado a lo largo del día, las tenía a todas en una al llegar a mi casa con sólo tumbarme a fumar un cigarro con el cenicero sobre mi estómago mientras fijaba mis ojos en la pared.
Ella me hacía querer volar por encima de los tejados, tocar el cielo de los mortales, el único que conocemos. Enfrentarme a la muerte a sabiendas sin preguntas, ni respuestas con los ojos fijos en un jardín plano.
Ella era mi bruja.

29 Julio 2007 a las 1:35 am
Bonito cuento, me ha gustado mucho, pero… ¡¡¡qué ganas de fumar!!!
29 Julio 2007 a las 8:17 am
Hola soy Espartaco y soy Homero. Amigo de Mela. He explorado tu blog y me parece muy bien logrado. Se mira tu mano de artista y tu inteligencia de mujer. Te seguiré visitando. Un abrazo. H.
29 Julio 2007 a las 8:20 am
Otra cosa. He puesto un enlace en mi blog al tuyo. Saludos. H.
29 Julio 2007 a las 10:45 am
Bonito relato. Me han llamado la atención algunas frases:
“No estaba en ni mejor momento, aunque con el tiempo me había acostumbrado a que el presente nunca fuera mi mejor momento”
Guarda cierto paralelismo con una frase que incluí en un relato antiguo. Sabe a resignación, a cansancio, a falta de objetivos…
“autocastigado cara a la pared, pero como si un masoquista fuera disfrutando por anticipado del castigo”
Tiene que ver con la autolástima y el autocastigo que a veces nos imponemos cuando no tenemos razones objetivas para estar abatidos. Ese sentido quise darle al microcuento “Grima”.
Te felicito por esa fantasía recreada en la soledad de una noche de calor. De una noche tras otra.
30 Julio 2007 a las 12:17 am
“No estaba en ni mejor momento, aunque con el tiempo me había acostumbrado a que el presente nunca fuera mi mejor momento”
Pardiez, esa frase jalona mi escudo de armas
:D:D:D
30 Julio 2007 a las 11:06 am
Bonita historia…
30 Julio 2007 a las 3:02 pm
^_^
30 Julio 2007 a las 7:54 pm
Las costumbres, las rutinas, buscan animales que sean de costumbres fijas para encontrar un lugar donde vivir. Y seguramente envíen a buscarlas brujas hechas de humo y flores estampadas. Dibujadas por el cansino proyector de un amanecer de Julio.
Tu relato es una explosión de palabras aderezadas con imágenes y sentir.
Me encantó. Un beso brujo
31 Julio 2007 a las 2:26 pm
Hay rutinas que nunca se convierten en costumbre. Quizas porque significan ese preciado momento en que nos sentimos en libertad de hacer lo que mas deseamos. El relato me gusta, pero noto cierto aire nostalgico, olor antiguo. No sé, el papel de flores no me trae buenos recuerdos. Quizas he asociado mis recuerdos al relato y por eso me resulta triste. Besos
4 Agosto 2007 a las 1:14 am
Hola Sky.
Tu trabajo perseverante con las palabras, tiene como fruto este relato.
Manejas los contrapuntos, el movimiento, las imágenes. Y ese aire cálido, que es muy tuyo.
Bien, sigue, te aliento.
Un gran salute.
6 Agosto 2007 a las 10:39 pm
Gracias Melytta por estar. Yo también te tengo cariño y me alegra que sea recíproco. Espero que terminar julio y empezar agosto te haya hecho sentir mejor. Yo no lo he empezado bien, pero… En muy poco tiempo han pasado muchas cosas. Gracias otra vez. Besos
8 Agosto 2007 a las 1:04 am
Melytta siempre es un placer leerte, este relato es buenísimo.
Toda mujer es una bruja cuando se lo propone, puede convertirse en la que maneja la manzana o en el hada buena que convierta en carroza todo deseo.
Besitos Mely
12 Agosto 2007 a las 12:23 pm
Ya te lo he dicho en privado pero te lo digo en abierto: la red teje extrañas amistades entre personas que no se conocen, y que apenas llegan a compartir palabras, ideas, algunos sentimientos sin forma ni color ni sustancia (¿tienen sustancia, color, sabor, los sentimientos? quizá a veces sí… por lo menos hay sentimientos amargos… ¿verdad?). Pero de algún modo mágico esas amistades adquieren fuerza con algunas personas… y el cariño nos hace también compartir el dolor, cuando llega, y ojalá no llegase nunca. Y nos sentimos inútiles por no poder aportar nada, ni siquiera una pomada que calme las sensaciones de soledad, de frío… Estoy seguro de que muchos de quienes te visitamos querríamos hacerlo, darte ese abrazo y un poco de calor y de compañía. Yo, desde luego, así lo siento. Y te dejo un beso y un abrazo.