Lo intento, busco alternativas, me seduce, no puedo evitarlo, observar a las personas solucionar o resolver la forma para conseguir llegar a un objetivo. No hace mucho, al descubrirme demasiado apasionada o visceral, decidí cerrar la fuente de las lágrimas, respirar hondo y esperar. Algo así como el control auto impuesto más que por ti por el deseo explícito de no verte llorar. Me hace parecer más fuerte, más sensata, lo que no quiere decir menos ¿vulnerable? ¿Eres vulnerable cuando dejas correr tus lágrimas? ¿Bajas la guardia o tus defensas? o tal vez creas un muro de agua infranqueable…
Recuerdo, ah, qué bonito perderse en la selección de tus recuerdos, aquella vez que lloraba delante de Elsa, mi hija, hace muchos años y ella, tan pequeña, me preguntó por qué se derretían mis ojos; o aquella otra que en la que era ella a la que se le derretían y me pidió, antes de contestar a mis preguntas, "deja que me seque mis penas"; o esa en la que se hizo aquel corte tan profundo en el brazo, del que le ha quedado una atractiva cicatriz de más de ocho centímetros, que no hace mucho me confesó que, a fuerza de vérsela, se ha acostumbrado a ella y ya no le preocupa su aspecto hasta el punto de que alguien no la quiera. Aquel día con el brazo herido, inmovilizado esperando al cirujano y con el otro sujeto al suero para que no se deshidratara, ni perdiera más sangre me pedía que no la dejara sola. "Tengo miedo, pero tú no llores, tú no llores y sécame las lagrimas que yo no puedo, no te vayas, tengo miedo, pero tú no llores"
¿Nos hace poderosos el sutil lenguaje de una lágrima ante la impotencia del que nos observa al no poder evitárnoslas? ¿Hace poderosos a los que nos piden que no lo hagamos y lo consiguen? ¿Otorga un grado, acaso, en nuestro mundo de los sentimientos a aquellos por los que lloramos, significa, pues, que todo cuanto hacen, o dicen, nos importa hasta el punto de derretirnos en ese sutil lenguaje?
¿Es sutil?
Hoy, hubiera querido derretirme ante tantas evidencias, al subir y ver las zapatillas frente al armario, aun tibias; ante la verdad más que reconocida de esa vida tan cómoda. No me importa no ser una prioridad, es más, creo que, bueno , lo sé, sé que no serlo casi me hace más libre dentro de la libertad de errar. Admiro la sensatez, no podría soportar sobre mis hombros, entiéndase conciencia, el peso de una locura que con el tiempo se convierta en sacrificio. Sí admito los sacrificios que son en su fondo una maravillosa locura.
Mañana será un lunes vulgar sin posibilidad de citas en el centro de mi maravillosa ciudad, sin posibilidad de callejear entre la cotidianidad de la gente que sale del trabajo, los comercios, sus luces, tomar una cerveza antes de llegar a casa y preparar la cena. No habrá llamadas para salir corriendo a un encuentro frente a correos. No existen los miércoles, ni los jueves de la mano… no hay lugar para tantas cosas que el resto de los que me rodean tienen, tan fácil, cada día. Esas pequeñas cosas por las que yo hoy, al no tenerlas, me derretiría de no haberme hecho el propósito de no hacerlo, por las que yo, de tenerlas, daría saltos de alegría, esas pequeñas cosas que ni en mis sueños me permito tenerlas al saberlas, aceptarlas, tan lejanas.
No sé si el tiempo me recompensará por tanto amor intentando dividirme por los que quiero, sólo lo sé que lo hago lo mejor que sé y hoy puedo. Que estoy bien sintiendo algo muy cercano a la paz al no plantearme nada más alla de lo sensatamente aceptable.
Nota: sigo pidiendo disculpas por mis prolongadas ausencias y agradeciendo cada día más que las vuestras no lo sean.