No es mío el texto que hoy voy a colgar por aquí. Pertenece a uno de los hombres de mi vida. Mi primo hermano mayor. Se ganó ese título a golpes, de cariño, de risas, de riñas, de complicidad familiar, de ser mayor que yo un año y unos días; con eso me llevaba una importante ventaja porque un curso por delante en la vida imprime carácter, todo esto aderezado con la admiración necesaria en esa justa medida para que yo me "enamore" o me desanamore.
No es mío el texto, pero me gustaría que lo fuera, porque sucede que tengo los sentimientos tan enterrados, en tan íntimo lugar que no puedo encontrar la manera de explicarlos sin pensar a quién le puede interesar algo tan vulgar como que la muerte una vez más ha estado de visita. Lo que conlleva, el reajuste de las piezas, el saber que el tiempo es de azúcar y se diluye sin que hagas nada, nada, lo mismo que si te dejas un caramelo en la lengua.
Sólo el tiempo; el dolor, la pena, la decepción, las pérdidas se visten de domingo, se disfrazan, se sientan en un banco y te esperan "hasta luego", te regresan a golpe de recuerdo al lugar donde estuviste justo en ese momento en que se produjeron. Nada se diluye, sólo el tiempo. Podemos utilizarlo como cajón de sastre/placebo/opiáceo; el tiempo…
Sucede que he ganado un puesto, ahora yo soy la tía, la mayor de las tías. Me acaban de entregar el testigo. No hay otra por delante de mí. ¿Sabré hacerlo? Son cosas de la vida, sólo que esperaba inocente, como es mi estilo, que esto sucedería… me detengo.[…] Nunca pensé en ello. Y ahora igual que cuando al crecer te duelen los huesos, me duele el alma por el "estirón" que ha dado tan grande que no me cabe en el cuerpo.
Hay muchas formas de decir te quiero.
Aquí va el texto.
Cementerios
"Durante su estancia en Yucatán, un buen amigo antropólogo, compañero de área y de avatares, y profesor de mi universidad, escribió hace un par de años un libro titulado “de la vivienda a la tumba”. En su etnografía relata cómo las ciudades y los cementerios, y en concreto el de la Mérida yucateca que estudió más en profundidad guardan estrecha relación. Si la ciudad de los vivos, favorecida por un clima benigno y luminoso, era transparente y abierta a las miradas de los curiosos; la ciudad callada, todavía guardando para sí el secreto eterno de la muerte, resultaba clara y vistosa gracias a los pequeños monumentos que, a modo de altarcillos, simulaban casitas en miniatura. De tal forma que muchos yucatecos, según cuenta Rafael, tenían por costumbre compartir con sus difuntos, en días señalados, viandas, cotilleos, relatos familiares, secretos, risas y cuentos. No era extraño visitar el camposanto y encontrar que una familia estaba almorzando sobre la lápida de un ser querido y compartiendo con él o con ella esos momentos secretos que conforman la existencia misma. Una sana manera de continuar esa forma de vida que unos llaman muerte y otros memoria.
Andaba así pensando cuando, hace algo más de un mes, y como es habitual cada vez que bajo a El Puerto, visité los sitios de mi padre y mi hermano. Las tumbas, idénticas en su labrado y en su frialdad marmórea estaban, sin embargo, embellecidas de forma distinta. Una señora, la señora que tiene familiares en el sitio al lado de mi padre, se dirigió a mí preguntándome si era familia (bella pregunta, por otra parte). Cuando se lo dije me contó muy amablamente que ella se encargaba de echarle agua con lejía a la lápida para que no se ennegreciese y que le acababa de poner una maceta para que tuviera siempre verde, y que una joven viuda aclaraba algunas veces el sitio de mi hermano. La observé en su desenvoltura con cubos de cinc llenos de agua baldeando ambos sitios. Tras un momento, me despedí de ella y le mandé saludos para la joven viuda. Vengo recapacitando desde aquél día que quizás sean los cementerios el último de los espacios donde se respire tranquilamente sociedad. Y es que la tragedia humaniza. Gracias a las dos."
Antonio Miguel Nogués Pedregal.
Familia mía, bella palabra.
[Allí, tomados de la mano, como tantas veces, él, el mayor, el que me enseñaba el camino, como tantas veces, al borde de ese hueco en el suelo que ni siquiera un eufemismo podría evitar su lúgubre nombre, "tumba", porque esta vez no era un juego, ni era un cuento, asomados a la evidencia casi sin creernos me dijo: "Ahí están, tu abuela, tu tío, tu primo y ahora… tu tía." y, al tiempo que nos sonreímos en serio y tristes, clavándonos nuestros iris azules de familia, sin saberlo ninguno de los dos, me entregó el testigo. Desde entonces me duele el alma.]